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Empecemos esta entrada breve con una cita de Herbert Marcuse: “El trabajo no es un concepto económico, sino ontológico, es decir, capta el ser mismo de la existencia humana en cuanto tal”.

Esta afirmación, procedente de un pensador de la escuela de Frankfurt de fuerte raigambre marxista, me parece una sospechosa apología del trabajo. En esta apología, curiosamente, coinciden tres tenaces ideologías: el capitalismo, el marxismo y el cristianismo. Dicho de otra manera, el trabajo es justificado por estas tres instancias tan diversas y, en ocasiones, antagónicas, como algo connatural al ser humano, o sea, puesto que somos seres humanos, somos seres que deben trabajar, pues el trabajo sería algo inherente a nosotros mismos. Estas tres doctrinas han buscado, a lo largo de su historia, utilizar esta apología del trabajo como una expresión, como un instrumento ideológico y pedagógico.

Ahora bien, la pregunta que lanzamos desde ‘Filosoqué’ no puede ser más evidente. ¿Es el ser humano un ser trabajador? ¿Somos más que homo sapiens sapiens un homo faber? O mejor, ¿homo labor? (esclavo).