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El poder financiero tiene un instrumento que ha cobrado un poder desmedido a lo largo de las dos últimas décadas: el mercado. El mercado se ha convertido en algo más que en el nuevo amo del mundo. El mercado es, ahora, la nueva religión a la que toda la humanidad se ve obligada a rendir pleitesía. Pongamos un ejemplo:

El mundo de las finanzas ha conseguido reunir en sí mismo las cuatro cualidades que toda divinidad que se precie debe tener: planetariedad, permanencia, inmaterialidad e inmediatez. Estas características son las propias de un dios y, de ellas, emana un nuevo culto, una nueva religión. Esta es la religión del mercado que da título a estas líneas.

La información financiera fluye todo el día, todos los días, por los cinco continentes. Se intercambian datos a la velocidad de la luz y el más mínimo tambaleo en las antípodas provoca reacciones financieras en cadena que afectan a las personas de a pie. Las bolsas de todo el mundo están ligadas entre sí y no paran nunca. Los encargados de la gestión de estos gigantes financieros y los políticos que rinden pleitesía a este Leviatán económico son los clérigos del mercado, la nueva casta sacerdotal que sacrifica a su dios todo lo que sea necesario. Estos clérigos son los hermeneutas, los que interpretan la nueva racionalidad económica. La que siempre tiene razón, la que es infalible, la que no consiente alternativas, y , sobre todo, ante la que cualquier argumento, ya sea humanitario, ya sea de conveniencia, debe inclinarse.

¿Se han fijado alguna vez que, a diario, los mercados financieros funcionan a ciegas y utilizando unos términos más propios de la superstición, la brujería o la psicología más ramplona? Por ejemplo: “la tensión de los mercados, la economía de los rumores, la inseguridad de los inversores, el análisis de los comportamientos gregarios, el estudio de los contagios miméticos”, todo esto son conceptos poco tangibles que han pasado de dominar la esfera económica como si fuera lo más normal del mundo. Podemos cerrar este párrafo con la famosa frase que está cargada de sentido: “No hay nada más cobarde que un millón de dólares”.

¿Y qué se puede hacer frente a la fuerza de estos gigantescos poderes que se han desatado de la mano de la religión del mercado? Los dirigentes que gestionan los grandes fondos de inversión del mundo no han sido elegidos por nadie, concentran en sus manos un poder inusitado, una fuerza de una envergadura inédita, fuerza que no posee ningún presidente de un gobierno, ningún primer ministro, ningún gobernador de algún banco europeo. No persiguen el aumento del bienestar del ciudadano, persiguen exclusivamente sus intereses egoístas y espurios. Son el nuevo Satán.

La riqueza del mercado es totalmente independiente de cualquier poder, nada ni nadie puede fiscalizarla, ningún gobierno tiene soberanía sobre el mercado y este se mueve a sus anchas en el mundo virtual de las finanzas. Y lo peor es que del mercado depende la suerte de una buena parte del mundo, y cuando decimos mundo nos referimos a los seres humanos que lo componen.

El mercado no entiende de contrato social, ni de sanciones, ni de leyes, mucho menos de controles. Solo persigue su mayor provecho, y este nunca coincide con el de la mayoría de la población.

Manuel Bermúdez Vázquez.