Desde que los medios de comunicación sufrieron un cambio radical con el advenimiento de la era informática, el discurso público también ha visto cómo se han modificado completamente sus características y su desarrollo.

Desde que los medios de comunicación sufrieron un cambio radical con el advenimiento de la era informática, el discurso público también ha visto cómo se han modificado completamente sus características y su desarrollo.

La tesis básica que defendemos en estas líneas es bien sencilla, en los últimos decenios hemos asistido a la más horrible simplificación y mutilación del discurso público. Toda persona que desee dirigirse al gran público, ya sea para vender un producto, ya sea para defender una política concreta, tiene que hacerlo de una forma simplificada, es más, yo diría que tiene que hacerlo de una forma pedestre, trivial. Digámoslo de otra manera, la era de la comunicación no debería llamarse así, debería llamarse la era de la irrelevancia, de la trivialidad, y una de las pruebas de esta afirmación es la simplificación casi ridícula a la que se ha visto sometido en discurso público.

The Lincoln–Douglas Debates of 1858
The Lincoln–Douglas Debates of 1858

 Ya no solo se trata de que los mensajes de Twitter deban de reducirse a 140 caracteres, se trata de que conceptos complejos y difíciles de explicar deben limitarse a algo breve que pueda digerirse sin mucho esfuerzo. De hecho, esa labor simplificadora llega incluso a nuestro proyecto dilecto Filosoqué, pues en sus vídeos y en estas páginas tratamos de explicar lo más sucintamente posible conceptos y problemas complejos que requerirían más tiempo, más líneas y más reflexión.

Pero no se puede luchar contra el espíritu de los tiempos… ¿O sí? Quería traer a colación un ejemplo ilustrativo que me ha parecido muy interesante:
Desde el año 2012 dirijo el Aula de Debate de la Universidad de Córdoba, una estructura administrativa que permite aunar los esfuerzos vinculados al mundo del pensamiento crítico y la retórica en el ámbito universitario. El formato más frecuente en el que se llevan a cabo estos debates consiste en intervenciones relativamente cortas, que oscilan entre los 3 y los 5 minutos. Ahora bien, comparemos esto con un discurso político realmente constructivo. En agosto de 1858, en Estados Unidos, se llevó a cabo el primero de los sietes debates políticos que habría entre Abraham Lincoln y Stephen A. Douglas. El acuerdo al que llegaron estos dos personajes de tanta relevancia fue que Douglas hablaría primero durante una hora, luego Lincoln tendría una hora y media para responder y, seguidamente, Douglas dispondría de media hora más para la réplica. Este formato, además, contaba con que era el más corto de cuantos los dos oradores habían llevado a cabo. Lincoln y Douglas ya se habían enfrentado anteriormente en debates similares. Verbigracia, en 1854, Douglas pronunció un discurso de aproximadamente tres horas, al que Lincoln había acordado responder, pero cuando le llegó el turno vio que eran las cinco de la tarde y que, como probablemente necesitaría al menos tanto tiempo como Douglas, propuso al auditorio que se retirara para cenar y que volviera para escuchar tanto sus tres horas de réplica como una hora más que tendría Douglas como contrarréplica. Lo más curioso de todo es que el auditorio al completo aceptó la propuesta y la sesión se desarrolló tal y como había propuesto Lincoln.

¿Cuántos de nosotros serían capaces de asistir a un debate de siete horas? ¿Cuántos de nosotros podrían mantener la atención? La moderna psicología le ha puesto guarismos a esto de la atención. Un adulto motivado puede mantener la atención continuada en un tema solo durante siete minutos seguidos. Ni que decir tiene que un joven desmotivado no entra en esta estadística. Esto supone que, para poder introducir un mensaje cualquiera en el cuerpo de la sociedad, no nos queda más remedio que simplificarlo… ¿A dónde nos conduce esto? ¿Es la simplificación la única salida que nos queda en el ámbito del discurso público? No se trata de poner como ejemplo los discursos larguísimos de Fidel Castro, auténtico adalid de las sesiones maratonianas de la ONU. ¿Pero es suficiente tener que reducir el discurso a pocos minutos? Nosotros, en Filosoqué, hemos observado que la duración media de lo que aguanta una persona que visita nuestra página viendo un vídeo es de dos minutos y once segundos aproximadamente. ¿Está ahí el límite?

Todo esto arroja una última cuestión, ¿se puede simplificar todo? ¿Vale la pena simplificar todo? El conocimiento cuesta conseguirlo. Sin esfuerzo no hay saber. De la mano de la simplificación no solo viene el error, sino también la futilidad, la irrelevancia, la trivialidad. Y ninguno de los temas que aquí tratamos se merece estos sustantivos.

Manuel Bermúdez Vázquez.

Imagen: Wikipedia.