Grecia, Atene, Akropolis. Photo by Loris Silvio Zecchinato
Grecia, Atene, Akropolis. Photo by Loris Silvio Zecchinato

Hasta donde yo sé, la palabra cosmopolita era uno de los insultos más terribles que se podía dirigir a una persona en la Grecia antigua. Decir de alguien que era un cosmopolita era acusarlo de ser un hombre sin patria, sin origen, sin familia… El término estaba plagado de sentido negativo y nadie recibía ese apelativo sin sentirse insultado y triste. Que un griego no pudiera sentirse identificado con la polis donde nació o donde se crió era como arrancar de raíz un árbol, condenarlo a morir. El cosmopolita, el ciudadano cuya polis es el mundo, era, por lo tanto, un canto rodado, un individuo condenado a vagar por la tierra sin esperanzas de arraigar en ninguna parte.

Los primeros en promover el ideal del cosmopolitismo como algo positivo fueron, hasta donde llega mi conocimiento, los estoicos. En su afán por hacer del ser humano un individuo hijo del mundo encontraron el concepto apto para sus intereses.

Marco Aurelio, el emperador filósofo, un auténtico campeón de la humanitas en su tiempo, escribió en su obra Coloquios: “Mi ciudad y mi patria es Roma, en tanto que soy de la familia Antonina. En tanto que hombre, mi patria es el universo”. He aquí la primera expresión que conozco que hace uso del concepto de cosmopolita no como algo vergonzoso, no como una mácula, sino como un desiderátum, un horizonte, algo que vale la pena tratar de alcanzar.

Esto lo dijo Marco Aurelio, un hombre que pugnó por fomentar la igualdad de todos los seres humanos. Un hombre que sabía bien que, como vencedor de los sármatas, como líder victorioso, era también un asesino, pues si la igualdad de los hombres se verifica, el que sale triunfante de una batalla es un matador de hombres.

Manuel Bermúdez Vázquez.