Como continuación de la reflexión anterior sobre los argumentos de la existencia divina hemos creído conveniente escribir unas líneas para tratar de arrojar un poco de luz sobre los conceptos de agnosticismo y ateísmo.

La ignorancia es la ignorancia;

de ella no puede derivarse ningún derecho a creer algo”

Freud

Como continuación de la reflexión anterior sobre los argumentos de la existencia divina hemos creído conveniente escribir unas líneas para tratar de arrojar un poco de luz sobre los conceptos de agnosticismo y ateísmo. Si como se dijo anteriormente no podemos saber si Dios existe o no, parece claro que la única salida restante es prácticamente una cuestión de elección. Elijo creer en Dios o no creer. De entre estos últimos podemos sacar algunas variantes.

El ateísmo tiene una peculiaridad: es una creencia negativa. Es una forma de pensar que se alimenta, curiosamente, de la ausencia del objeto. Esto ya, de por sí, debería considerarse curioso. Hay dos formas de ateísmo fundamentales, cuya diferencia puede parecer sutil pero no lo es. 1) El ateísmo negativo que consiste en no creer en Dios. 2) Ateísmo positivo que consiste en creer que Dios no existe.

Dejadme que lo ponga más claro:

-Ateísmo negativo → no creer en Dios

-Ateísmo positivo → creer que Dios no existe

Aunque no lo parezca, no son lo mismo. Como dice Comte-Sponville, estos tipos de ateísmo son la ausencia de creencia por un lado y la creencia de una ausencia por otro. Ausencia de Dios o negación de Dios. Espero que haya quedado más claro.

Decía el sofista Protágoras: “Sobre los dioses no puedo decir nada, ni que existen, ni que no existen. Demasiadas cosas impiden saberlo: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana”. Desde el punto de vista de Protágoras lo que se nos está diciendo es que tanto el ateo como el creyente comparten un exceso: tanto uno como otro dicen más de lo que realmente pueden saber.

El agnóstico es el que se niega a elegir entre creer o no creer. En cierto modo el agnóstico se sitúa cerca del ateísmo negativo, pero de una forma más abierta a la posibilidad de Dios. El agnóstico deja abierto el problema (como si acaso se pudiera cerrar…). Etimológicamente a-gnoscere significa no conocer, también agnostos significa lo desconocido, lo incognoscible. Así descrito, el agnosticismo no sería filosóficamente relevante si no fuera porque debe ir más allá de la simple afirmación de ignorancia. La relevancia del agnosticismo surge cuando este afirma que la expresión de ignorancia sobre la idea de Dios es mejor que las demás alternativas.

Frente a la falta de tomar partido del agnóstico, el ateo sí lo hace. El ateo se lanza contra Dios, o mejor dicho, contra su existencia. Las razones que esgrimen los ateos son: la debilidad de los argumentos o pruebas sobre la existencia de Dios. La ausencia de prueba o evidencias.

Dios no se prodiga mucho por el mundo, no hay más que echar un vistazo a cómo van las cosas a nivel global. Frente a esto los creyentes suelen alegar que la maldad humana es fruto de la libertad que Dios nos concedió (hay una interesante reflexión sobre esto en el cómic Superman hijo Rojo), si Dios se nos mostrara ya no seríamos libres de creer en él o no. Pero esta línea argumentativa es mala: de ser así, los seres humanos seríamos más libres que Dios (¿cómo podría Dios dudar de su propia existencia?); esto es algo poco concebible filosóficamente. Además, siempre hay menos libertad en la ignorancia que en el saber. Y por último, estos argumentos son incompatibles con la imagen de Dios que tenemos. Si la figura de Dios es como la de un Dios padre, ¿qué clase de padre sería aquel que, para respetar la libertad de sus hijos, rechazara vivir con ellos o incluso darse a conocer? ¿Qué padre se ocultaría cuando sus hijos sufren?

La verdadera fuerza del concepto de Dios es la posibilidad de explicar a través de él la vida, el mundo, el pensamiento mismo. La religión así no es sino una doctrina que explica algo que se entiende poco (el universo, la vida, el pensamiento) mediante algo que todavía se comprende menos, Dios. Así, explicar cualquier cosa por medio de Dios no es explicar nada, sino sustituir una ignorancia por otra. Recordemos la cita de Freud que preside estas línea.

Repasemos algunos argumentos contra la existencia divina que vendrían a apoyar las posiciones del ateísmo. Por ejemplo, el argumento de la existencia del mal. Desde Epicuro o Lactancio hemos sabido este razonamiento: si Dios quiere eliminar el mal y no puede hacerlo, entonces no es omnipotente; o ni puede ni quiere hacerlo, entonces no es absolutamente bueno. Ahora bien, si no es ni omnipotente ni bueno, ¿sigue siendo Dios? Freud define la religión como una simple ilusión humana, no en el sentido de un error, sino en el sentido de que la religión sería una creencia derivada de los deseos humanos. Así, el psicoanálisis ve en la religión una proyección de los deseos humanos. Creer en Dios sería como creer en el ratoncito Pérez, la expresión de un desiderátum.

El ateísmo no es un saber, sino una creencia, no es una certeza, sino más bien una apuesta. Como el escepticismo, el ateísmo o el agnosticismo deberían  conducirnos a la tolerancia. Lo que separa a ateos y creyentes es lo mismo que lo que los une: lo que ignoramos. Es aquí donde está la parte más original de esta reflexión, fruto de mis años de investigar sobre cuestiones vinculadas al escepticismo: de un análisis gnoseológico se deriva una conclusión ética. Si no podemos estar seguros de casi nada, ¿cómo vamos a imponer nuestro criterio sobre el de los demás?

Manuel Bermudez Vazquez.